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Sofisma

Posted on 27/07/2013 | No hay comentarios en Sofisma

Aunque el concepto de sofisma sea más complejo, me quiero referir aquí a esa acepción en la que, mediante el uso de argumentos lógicos verdaderos, se puede obtener conclusiones falsas. El uso intencionado de esa estrategia es lo que se llama “sofistería”. Mi argumento en este artículo es que nuestra democracia se ha convertido en un sofisma y nuestros políticos hacen uso de la “sofistería”.

Cuando en la transición española se abre un periodo constitucional, se crea una ley de partidos y se inicia el camino de la democracia; se hace bajo la expectación de todo un país, que admira el proceso y que está deseoso de disfrutar de los resultados. Siempre recuerdo aquellas sesiones sobre “El estado de la nación” que seguíamos como si se tratara de una final de los mundiales de futbol. No nos queríamos perder los argumentos de Fraga, Carrillo, Felipe González, Adolfo Suarez, Martín Villa, Julio Anguita y tantos otros políticos de vocación y con una historia, un bagaje y una experiencia detrás. Los principios en los que se basó la creación de nuestra democracia española pueden ser más y más complejos, pero los reduciré a unos poquitos.

Primera premisa: Creamos una monarquía porque la tradición española así lo aconsejaba y porque el pueblo así lo había votado en su momento. Digamos que esa base está sentada, aunque hasta eso sería discutible hoy en día.

La segunda premisa que voy a citar es “La Constitución”. La que gran parte de los españoles aprobamos en referéndum y nos leímos y estudiamos en aquel entonces. Ahora parece que eso es cosa sólo de los políticos; cuando en realidad es cuestión de todos y cada uno de los ciudadanos. Ya es curioso que en otros países haya que aprobar un examen sobre su constitución para poder obtener la nacionalidad. Aquí cuando hablra de su conocimiento, en el que me considero muy cojo, te miran con ojos de asombro y piensan que “te has ido del bolo”. Repasemos el Artículo 1.

Artículo 1

1. España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

3. La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.

Esas dos premisas (Monarquía y Contitución) se unen al establecer que España es una Monarquía Parlamentaria. Aquí el jefe del estado no se elige en las urnas como en las repúblicas, sino que hereda su cargo por orden dinástico. Pero eso no quiere decir que no sea “Jefe de Estado” y que la Constitución no lo contemple así. Lo que pasa es que no puede ejercer un poder absoluto como lo hacían los antiguos reyes (sólo nos faltaba), sino que está sometido al Parlamento y al Gobierno en muchas de las decisiones a  tomar. Pero antes incluso de eso se establece que “la soberanía reside en el pueblo”. ¿Y cómo solucionamos esta aparente diferencia criterios en quien ejerce los poderes?. Pues recurriendo a un sistema democrático mediante la solución de los “Partidos Políticos”. He aquí la tercera premisa. Que la Pluralidad Política dé lugar a que los poderes del Estados que “emanan del pueblo” sean ejercidos a través de Partidos Políticos. Que lo que tiene que hacer es convertirse en los ejecutores de la voluntad ciudadana. OJO al dato, la Voluntad del pueblo. Ni tan siquiera cabe contemplar que pueda ser la voluntad de sus votantes. Eso ya sería un fraude le ley. Pero sigamos.

Las premisas son claras y con esos tres soportes se debería construir una democracia sólida y estable. Todo lo demás es imprescindible para complementar, enriquecer y poner matices; para que todo funcione como debe. PERO. Aquí está el sofisma o la falacia.

Esos tres argumentos han de ser interpretados en un orden y con una predominancia correcta; de lo que se tiene que hacer cargo (y se hace) el resto el texto constitucional. El primer elemento y por encima de cualquier otro es el punto 2 de este artículo: “La soberanía reside en el pueblo”. Pero para que no nos pasemos la vida en el “ágora” discutiendo (los que no tengan que ir a trabajar, claro…) y podamos estar representados “todos”, se recurre a los Partidos Políticos. Que, por tanto, y en base a esta argumentación, son los “representantes” de los intereses de los ciudadanos. Eso es muy probable que fuera verdad en el origen pero “ya no lo es”, y eso origina que el resultado de todo el proceso sea perverso y no responda al objetivo, a los “valores superiores del ordenamiento jurídico”.

Los partidos políticos han dejado de ser representantes del pueblo y ni tan siquiera son representantes de sus votantes. La organización interna, la forma de gestionarse (más próxima a una multinacional o un lobby), los objetivos que se marcan, su forma de promoción interna, su gestión de la imagen y la respuesta a los problemas de la sociedad, no están acorde con su finalidad. No se corresponden con lo que el punto 1 del artículo primero de la Constitución les encomienda.

Utilizan las campañas electorales a modo de promociones publicitarias para engañar a unos clientes, a los que nunca van a entregar el producto prometido. Nos venden el “oro y el moro” para obtener unos votos que les permitan luego hacer lo que a ellos y sus acólitos les interesa, al margen de los intereses y as necesidades reales del país y de espaldas a lo que distaminan las leyes y la constitución misma.

El objetivo único de los partidos políticos españoles es llegar al poder para tener capacidad de gestión de los recursos públicos y poder alcanzar sus objetivos internos. En cierto modo es el mismo concepto que si se privatizara la política del país. De hecho, es lo que se ha conseguido en estos años. Lo importante para el partido es conseguir votos, para conseguir poder, para hacer que el partido sea más poderoso y tener más posibilidades de utilizar medios y formas de conseguir votos… y volver a empezar. Lo importante para los miembros del partido es hacer carrera dentro del mismo, para alcanzar un puesto de poder. Da exactamente igual tener o no una carrera, haber alcanzado metas académicas, profesionales, empresariales, etc., de prestigio. Es igual, de lo que se trata es de estar bien situado en el partido aunque no se tenga más que el graduado escolar. Por eso ahora tenemos tantos políticos sin otrs profesión que la de “trepar” por la escalera del poder. ¿Qué pueden aportar realmente, si no son más que gestores de propia ascensión y de sus propios intereses?. Y con esos mimbres tejeremos el gobierno que consigamos, sea municipal, autonómico o estatal, porque luego ya contrataré a mis amigos para que me acompañen y seguro que hay funcionarios que hacen que las cosas funcionen. Antes, cuando los partidos no tenían esa escalera mecánica interna, hasta había ministros “independientes” que salían de entre los grandes profesionales del gremio correspondiente; y hasta sabían de que iba su ministerio y cuales eran las mejores políticas a aplicar.

Ese es el primer error argumental que hace nuestra democracia sea un sofisma. La premisa de que los partidos políticos son el medio para que la soberanía del pueblo llegue a los Poderes del Estados, está falseada porque se invierten los términos de qué objetivos ha de cumplir. Esa pata se ha montado al revés. Pero no es el único sofisma.

Sin salir del artículo primero. La Constitución es la ley en la que se fundamenta todo el régimen democrático de la nación y la que ampara el cumplimiento de esas normas que son el pilar que sustenta todo lo demás. Pero, mira por dónde, los Partidos Políticos hacen caso omiso de la misma y se permiten constantemente saltarse las normas constitucionales sin el más mínimo recato; porque, en caso de que sea muy flagrante, ya harán un recurso y ya veremos cuándo y cómo se resuelve; y ya veremos si para entonces no tenemos el negocio hecho. Y no hay más que mirar las últimas reformas legales sobre sanidad, justicia, educación, dependencia y los servicios básicos en general. Se está atentando contra el mismísimo punto 1. Porque junto a “pluralismo político” y “antes que él”, se establecen como “valores superiores de su ordenamiento jurídico: la libertad, la justicia y la igualdad”.

Luego, se está usando la forma de solventar el pluralismo político, que son los Partidos, como una vía para atentar contra los principios más básicos. Si eso no es retorcer la constitución, que baje Dios y lo vea. Otra pata e la banqueta que está montada a revés. Los partidos no velan por el cumplimiento de la Constitución, sino que la sortean a su antojo y si la cambian es para su propio interés. (La última reforma y sus consecuancias es como para echarse a llorar).

 

Y aún hay un tercer sofisma más. Se supone que el Jefe del Estado es el garante de que se cumplan estos principios (y no salgo del artículo 1). Pero resulta que ante la realidad de que los partidos no responden a los objetivos que nuestra ley marco les establece, en vez de enfrentarse a ellos con la Constitución en la mano, lo que hace es callar y dejar pasar, ¿Por qué…?
Él sabrá. Yo ya casi me atrevería a pensar que porque tiene el puesto garantizado y no se lo discuten pocos (todavía).

En definitiva. Esta banqueta tiene las patas podridas y mal montadas y corre el riesgo de caerse en cualquier momento. Y la solución es bien sencilla. Hay que cambiar la forma en que los partidos políticos representan a la soberanía del pueblo para que lo hagan de verdad. ¿Disolviendo e ilegalizando a los que sea menester?, pues hágase. Lo que está más que claro es que en este país son imprescindibles una nueva ley de partidos y otra lay electoral, bien distintas de las actuales y redactadas atendiendo a la realidad, a los efectos obtenidos y a la voluntad del pueblo . Habrá que reformar la Constitución para dejar más claro aún la responsabilidad del jefe del estado ante la soberanía popular y que ésta pueda suprimirlo cuando no ejerza. Con una ley que nos permitiera llevar a cabo referendum sobre lo que sea menester, puede que se arreglaran muchas cosas. Sólo por el hecho de que el pueblo tenga la posibilidad de hacer uso de su voz para ser soberano y establecer su voluntad.

Lo malo de todo esto es: ¿Quién lo hace? Está claro que los partidos actuales ya les va bien como están. Al menos a los dos poderosos que con la actual legislación no dejan terreno a los demás y se garantizan el pastel y el reparto de los beneficios. Así que, a lo peor, nos toca esperar a que la sociedad llegue al extremo de Egipto o a que “alguien” mueva baza y se juegue el todo por el todo. Ese “alguien” se volvería a ganar el puesto y la dignidad del cargo y la institución monárquica. Y lo dice uno que era monárquico.

 

 

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