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Presenciando un bombardeo

Este relato lo escribió mi padre en Alicante en los años 80, pero rememora una vivencia en primera persona que no afecta para nada el momento exacto en que fue escrito.

Como todo lo de la sección EA2ABJ es un texto original suyo, aunque yo me permita poner algo en cursiva algunas veces o añadir algún dato (siempre comentado).

No importa la fecha exacta, presumo que sería febrero o quizás marzo de aquel año 1938 difícil de olvidar, como los dos que le precedieron y el que le sucedió; pero éste más, un poco más. Tuvo un contenido más aventurero, o quizá desventurado, y en él pasaron distintos, pero relevantes acontecimientos. Unos de carácter general y otros de carácter particular.

Pues me voy a referir a un hecho de ésta última clase, tan particular que nunca, o en contadas ocasiones me he referido a él.

Debía ser temprano, después de comer cuando yo iba con un pequeño saco de arpillera y una hoz caminando por el sendero. Ya no í­bamos a la escuela porque eran frecuentes los bombardeos y el maestro provisional, sustituto de nuestro muy querido D. Joaquín, había desaparecido; casi como los “chatos” de la aviación republicana se perdí­an ante la presencia de las “pavas” de la otra aviación. Así que la tarde había quedado para ir a un pequeño huerto de naranjos que tenían mis padres a un par de kilómetros al E. del pueblo.

La senda tenía a la derecha un canal de riego, a la sazón sin agua, y a la izquierda el camino que quedaba cada vez más lejos, más hondo, de forma que cuando la senda hacía un pequeño giro y descendía hasta el nivel del camino y el canal torcía en ángulo recto a la derecha para regar la última finca de su ruta, continuaba una pared. A mi me parecía alto, como siempre he sido pequeño, quizá no lo fuera mucho. A la pared de piedra revocada se argamasa la coronaban unos pedruscos separados por unos 15 o 20 centímetros.

Casi todas las tardes a aquella hora, más o menos, venían tres aviones procedentes de una base en Baleares a bombardear un puente sobre el Mijares ya muy cerca del mar. Casi nunca se acercaba mucho, su puntería parecía ser deficiente. Las bombas que caían más cerca no  no hacían el mínimo daño al puente, lo que servía para el chiste y la chirigota. Pues aquella tarde vinieron los famosos Ju 52, de rutinaria presencia, precisamente en el momento en que la referida y coronada pared me podía servir de atalaya para presenciar el bombardeo a escasamente un kilómetro; así que, ni corto, ni perezoso, a ella me subí, cosa fácil desde la senda y pude contemplar las bombas al desprenderse del fuselaje y luego oí­r el agudo silbido que terminaba en la explosión y la consiguiente humareda.

Pero en no sé que momento debí resbalarme y caer a horcajadas sobre el lomo de la pared, sobre uno de los pedruscos que le servían de aditamento. En mi mente no está lo que pasó. Creo que al golpe me desmayé, me caí a la parte interior de la finca y no sé cuanto tiempo estaría en este trance, no debió ser mucho. Cuando volví en mí tenía un terrible dolor en los adminículos de mi entrepierna, me levanté como pude y busqué la salida que no estaba muy lejos. No sé si es que me olvidé de los aviones o es que ya se habían perdido más adentro de regreso a su base. Proseguí mi camino, cogí medio saco de naranjas, lo terminé de llenar de hierba para los conejos y regresé a casa dolorido y sin correr, porque no me era posible.

Aquella noche no dormí. El testículo izquierdo adquirió el color de una túnica de nazareno y el tamaño de un huevo de gallina, pero no dije nada a nadie. Como con el discurrir de los días la cosa fue mejorando, ya me callé del todo. Así que mi familia nunca supieron nada de aquel accidente “aéreo”; pero el recuerdo me quedó para siempre porque, si bien descendió bastante el volumen, jamás adquirió el tamaño original, dejando a su compañero como si fuese un enano, circunstancia que ha perdurado a través de los años.

Comentario mio – Contaba mi padre que tras una temporada haciendo esos bombardeos “de guasa”, el día que las tropas nacionales estaban a punto de tomar la zona, los aviones aparecieron como todos los días, pero con una precisión exquisita destruyeron el puente en la primera pasada. A éste episodio creo que hace referencia el siguiente parte de guerra.

http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1938/06/18/003.html

***

Este recuerdo ha evocado a su vez en mi memoria lo que pasó años después cuando yo era un cabo especialista de Aviación en la Base Aérea de Los Llanos, dónde estaba destacado. A mis veintitrés años era casi imberbe, flaco y de la estatura casi mínima para estar en el Ejército del Aire, basta decir que cuando el Capitán Pizarro mandaba “media vuelta” a mi unidad, formada de nueve en fondo, yo me convertía en cabo de gastadores, emulando a mi querido amigo y paisano Julio Halcón que medía algo más de dos metros.

Yo iba poco a la base, por lo que era escasamente conocido, así que una vez que me acerqué por allí, no podría precisar a qué, quizás a cobrar, encontré a varios compañeros en compañía de un sargento, alto y bien parecido y un tanto impertinente que empezó llamándome “cabito” y un par de veces “enano”. Claro, ante mis colegas me estaba afrentando, por alguna razón, creo que buscaba enfadarme, pero el caso en que en cierto momento, cuando ya me había exasperado, volvió a llamarme “cabito”. No podía revolverme contra el Sgto., así que le dije: “Mi sargento, no he crecido más porque me pesan mucho las gónadas”.

No sé si me entendió, creo que no. Puso un gesto de sorpresa, sonrió ligeramente y se despidió. Cuando todos habíamos dicho casi a coro: “A sus órdenes mi sargento”, empezamos una sonrisa que no fue carcajada hasta que el susodicho suboficial volvió la esquina.

M.F.G. – EA2ABJ

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