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La política del videojuego

En las últimas décadas se ha discutido mucho sobre la conveniencia, oportunidad o acierto del uso de los videojuegos; y en particular del uso de los videojuegos por parte de los menores; y de los no tan menores también. El fundamento de los temores y de las acusaciones de que pueden ser promotores de actitudes violentas, es la necesidad que generan en el individuo de discernir de forma clara entre la realidad y la ficción.

Soy jugador ocasional, pero entusiasta, de juegos de acción (1 por año de promedio) y aficionado en la observación de la realidad que suponen los procesos creativos de mundos virtuales, personajes, ambientes, acciones y paradigmas de interacción entre todos ellos. Y por otro lado, soy un ciudadano de los de noticiero, algo de radio, poca prensa escrita y medios digitales en las redes sociales más comunes.

La conjunción de esas dos facetas me está llevando a la conclusión de que la política actual ha contratado a los mejores guionistas de videojuegos y a los mejores productores de campañas de márquetin y embalaje. Me alucina cómo es posible que se nos esté vendiendo en todos los medios de comunicación (o casi todos) una realidad que se parece más a un videojuegos de interacción social paradisíaco que a lo que tenemos cada día al rededor. El envoltorio que se nos quiere hacer comprar es una imagen publicitaria de una sociedad que ha superado sus pocos y relativos problemas y que prospera a velocidades crucero. Cuando todos sabemos que lo único que prospera es la pobreza y la pérdida de derechos.

Los personajes del montaje son todos ajenos a tramas corruptas y luchan por unos ideales altruistas alejados del interés personal y de las fanfarrias de los falsos líderes. Son personas normales y corrientes como todos; que han conseguido con su esfuerzo, tesón, entrega, preparación, estudio y dedicación al bien público, alcanzar unas cotas pluscuamperfectas de ejemplaridad social. Cuando todos sabemos que lo único que les adorna es que son unos “trepas” y que sólo miran su bolsillo.

Las acciones que adornan los slogan publicitarios del juego son de los más llamativo y colorido. Con movimientos asombrosos y figuras en 3D de una definición alucinante y que atrapa nuestra atención. Pero luego cuando te pones a mirar el desarrollo de los acontecimientos resulta que sólo funcionan dos teclas: la del recorte y la de la corrupción. Eso sí, con las modificaciones de la tecla “Shift”; para que podamos hacer recortes en “recursos” o en “derechos” y que las corrupciones puedan ser “personales” o “colectivas”.

Vamos, que nos han tomado por niños en el escaparate de la tienda de videojuegos y nos quieren hacer comprar un producto infumable dándole una apariencia de algo espléndido. Y mientras todos jugamos a creer que la realidad se puede parecer a la ficción que nos publicitan, ellos se frotan las manos pensando cuál será la reducción que nos harán en la próxima partida.

Yo creo que haciendo caso a lo que dicen todos los especialistas en videojuegos, tenemos que separar la cara de la pantalla y mirar en la distancia. Y eso nos obliga a reconocer que los caminos recorridos en los últimos tiempos no tienen más solución que romper con las reglas de este juego. Desenchujar la máquina diabólica de esta política y rediseñar el sistema para echar a todos los protagonistas de esta estafa y establecer un nuevo marco constitucional que permita recuperar la dignidad que nos intentan hacer perder, los bienes materiales y morales que nos han usurpado y las riendas sobre nuestro destino como pueblo.

Fin de la partida. Game Over.

Insert Revolution.

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