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Atropello mortal

Esta sección se llama EA2ABJ porque ese fue el indicativo (el último al menos) que tuvo mi padre como radioaficionado.

Nos encantaba cuando se ponía a la radio y repetía aquello de EcoAlfa2AlfaBravoJuliet y luego en la confianza lo traducía como EA2 “Aragoneses Bailando Jota”.

Me gustaría recoger algunas de las cosas que conservo de él, que son muchas menos de las que me gustaría; pero que seguro que le gustan a mucha más gente que a mi sólito y por el hecho de ser de quien son: Miguel Ferrer Gil, mi padre.

Todo lo suyo irá firmado como M.F.G.

Esta anécdota no está escrita en ningún sitio, pero recuerdo habérsela oido contar un par de veces.

Corrian los años cuarenta de la España de posguerra. Mi padre, Miguel, era un mozalbete de los de pantalón corto, carrera ágil, delgado como la caña de la doctrina y vivaracho como mandan los cánones en esas edades.

Circulaba con dos de sus amigos encima de la bicicleta en las proximidades de Villareal de los Infantes, Castellón, su pueblo natal.

Sí, tres ciclistas sobre un velocípedo. ¿Qué cómo hacían eso?. Seguro que todos los hemos practicado en más de una ocasión, pero por si existen dudas, lo explicaré. Uno de ellos, con los pies en los pedales y las manos en el manillar, deja su cuerpo por delante del sillín sin sentarse en él. Otro, por detrás suyo, se sienta en el sillín y deja sus pies colgando, mientras se sujeta a los hombros del de delante. El tercero se sienta en el manillar, se sujeta con las manos hacia atrás también en el manillar… y deja los pies colgando o sobre las palometas de la rueda delantera (más peligroso esto último, si cabe).

Circulaban, decía, de esta guisa; cuando entraron en una cuesta del camino. La velocidad aumentó y  coincidió su paso, a velocidad de vértigo, con el sobresalto, carrera y atropello de una vecina del lugar.

La maniobra de intentar esquivarla dio con los tres mozos en el suelo, magullados, heridos y con algo de susto en el cuerpo. La pobre victina quedó tendida sin vida en el camino y la vecina de la casa situada en aquel punto salío alarmadísima dando las voces y aladidos correspondientes a tan trágico suceso. La víctima era, ni más ni menos, que una gallina de su propiedad. Habrase visto tamaño desastre, perder una gallina por culpa de las tropelías de unos mocosos.

Una vez repuesta la verticalidad de los ciclistas y algo más sosegado el ánimo, no quedaba otra que pedir disculpas a la señora y atender sus penas.

– Pero y qué voy a hacer yo ahora, sin la gallina.

– Pues guísela, buena mujer, que igual caldo le dará y bien buena que tiene que estar.

– ¡¿¡¿MUERTA?!?!. ¿Cómo nos vamos a comer una gallina muerta?. Habrase visto… Ni hablar. Ya os la podéis llevar, que yo muerta no la quiero.

La reacción de los chavales no podía ser otra en aquella situación y momento de nuestra historia. (Ahora hubiese habido un abandono del cadáver en el lugar de los hechos).

Cogieron la gallina, se volvieron a montar en la bicicleta y encaminaros sus pasos (mejor, sus vueltas de ruedas), a una posada cercana. No recuerdo muy bien si papá llegó a confirmarme alguna vez que era en las Alquerías del Niño Perdido, pero pongamos que fuera así. Le ofrecieron al posadero la gallina a cambio de que se la guisara y les sirviera un plato a cada uno con el resultado que obtuviera de sus artes culinarias. Lo que son los tiempos y el valor de las cosas. Le faltó tiempo al posadero para hacerse con la gallina, limpiarla, echarla al caldero, aderezarla y preparar el guiso.

A cambio de darles un plato de guiso de gallina, con el que los tres ciclistas quedaron algo más que satisfechos y que no esperaban meter entre pecho y espalda; el posadero se quedó con el resto del guiso, que no le había costado más que condimentos y guarnición. Ambas partes quedaron satisfechas y encantadas con el trato.

Está claro que la forma de morir los animales influye “culturalmente” en la forma en que los consumimos; porque lo que sí que tenemos todos por seguro, es que aquella señora no se comía las gallinas “vivas”.

 

 

 

 

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